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El Último Sobre · 5 min read

Capítulo 2 — Lo que no se toca

Capítulo 2 — Lo que no se toca

Martín no bajó.

Se quedó sentado en el borde de la cama en la oscuridad, con el sonido del buzón todavía resonando en algún lugar entre el oído y el pecho. Contó hasta diez. Después hasta veinte. Esperó el ruido de pasos en la escalera, el crujido del ascensor, cualquier cosa que le dijera que el edificio seguía siendo el edificio y no otra cosa.

Silencio.

A las tres y cuarto se levantó, fue a la cocina, y puso agua a calentar sin encender la luz grande. Solo la del microondas, que daba un resplandor amarillo y sucio que él, por alguna razón, encontró más honesto que la lamparita del techo.

Esperó al mate de pie, mirando la puerta del departamento.

El segundo sobre

Bajó a las siete de la mañana, con la ropa del día y las llaves apretadas en la mano derecha. No porque tuviera miedo, se dijo. Sino porque era más cómodo así.

El buzón tenía cuatro ranuras, una por piso. La suya era la tercera. Adentro había un sobre.

Igual al anterior: papel marrón, sin sello, sin remitente. Pero esta vez el frente no decía nada. Estaba en blanco.

Martín lo sacó, lo puso bajo el brazo, y subió las escaleras sin mirarlo. Pasó frente a la puerta de la señora Etcheverry. Adentro se escuchaba la radio: un locutor hablando del tiempo con esa voz cálida que tienen los locutores de mañana, como si el tiempo fuera siempre una buena noticia.

Cerró la puerta de su departamento con llave. Con las dos vueltas.

Se sentó a la mesa de la cocina y abrió el sobre.

Adentro había una foto.

Una foto impresa en papel común, de esas que salen de cualquier impresora hogareña. Un poco pixelada, los colores un poco planos. Mostraba una calle de noche, con lluvia. Una curva. Y un auto.

Martín conocía esa curva.

Era la curva de la ruta 2 donde Rodrigo había muerto.

Pero en la foto no había ningún accidente. El auto estaba estacionado en la banquina, con las luces apagadas. Y había una silueta de pie al lado del auto, de espaldas a la cámara, mirando la ruta.

La silueta tenía la misma campera gris que Martín usaba ese invierno.

Lo que uno sabe de sí mismo

Había una versión de esa noche que él le había contado al mundo: que estaba en casa, que se enteró a la mañana siguiente por un llamado de la madre de Rodrigo, que no había podido dormir en toda la semana siguiente.

Había otra versión que solo existía adentro suyo, sin palabras, más como una textura que como un recuerdo ordenado: el olor a tierra mojada, el sonido de la lluvia sobre el techo del auto, y la sensación de que si uno se queda quieto el tiempo suficiente las cosas se resuelven solas o dejan de importar, que para el caso es lo mismo.

Miró la foto durante mucho tiempo.

La silueta era borrosa. Podía ser cualquiera. Podía ser él o podía no serlo, y eso era exactamente el tipo de ambigüedad que ponía a alguien en una posición imposible: ni confirmás ni negás, porque las dos opciones te hunden por igual.

Quien había tomado esa foto lo sabía.

La puso boca abajo sobre la mesa. Se hizo otro mate. Lo tomó despacio, de pie junto a la ventana, mirando la planta que seguía viva sin pedirle nada a nadie.

La señora Etcheverry

A las nueve y media golpearon la puerta.

Tres golpes cortos, separados. No los golpes de alguien que tiene apuro. Los golpes de alguien que sabe que van a abrir.

Era la señora Etcheverry. Tenía en la mano una taza tapada con un plato, y en la cara una expresión que no era exactamente de preocupación pero que tampoco era otra cosa.

—Hice facturas —dijo—. Me sobraron.

Martín la miró un segundo antes de hacerse a un lado para dejarla pasar. Ella entró sin apuro, dejó la taza sobre la mesada de la cocina, y miró el departamento con esa atención discreta que tienen las personas que vivieron mucho tiempo y aprendieron a leer los espacios.

—¿Durmió mal? —preguntó.
—Un poco.
—Se escucharon ruidos anoche. Tarde.

Martín sintió algo tensarse en el pecho.

—¿Qué tipo de ruidos?
—Pasos en la escalera. —Hizo una pausa—. Alguien que bajaba despacio, como tratando de no molestar. O de no ser escuchado.

Ella lo miró con esos ojos que tenía, pequeños y quietos, del color del té frío.

—¿A qué hora, más o menos? —preguntó Martín, y se odió por el tono demasiado casual que usó.
—Cerca de las tres. —La señora Etcheverry se acomodó el cinturón del delantal con un gesto pausado—. Yo duermo liviano desde que murió Jorge. Cuarenta años escuchándolo respirar y después el silencio. El cuerpo no olvida lo que ya no está.

Martín no dijo nada. Ella tampoco. Por un momento la cocina fue solo ese silencio compartido que no necesitaba explicación.

—Bueno —dijo ella finalmente, señalando la taza—. Las facturas se comen tibias.

Se fue sin preguntar nada más. Martín cerró la puerta y se apoyó contra ella con los ojos cerrados.

El trabajo de los números

Abrió la laptop. Entró al sistema. Tenía un mail de su jefe preguntando por una planilla de cierres del mes anterior que él todavía no había enviado.

Escribió una respuesta corta: Hoy a las doce lo tenés. Cerró el mail.

Abrió la planilla. Los números estaban ahí, ordenados, pacientes, sin secretos. Esa era la cosa buena de los números: no escondían nada. Un debe era un debe. Un haber era un haber. No había fotos borrosas. No había siluetas. No había versiones.

Trabajó durante dos horas con una concentración que era casi física, casi violenta, como si pudiera usar la aritmética para tapar algo que no tenía forma de número.

A las once y media envió la planilla.

Cerró la laptop y volvió a la foto.

Lo que muestra una foto

Había cosas que la foto no podía probar. Eso era lo primero que pensó, con la frialdad del contador que era. Una silueta de espaldas en la lluvia no era una identidad. Una campera gris no era una firma. Una curva de ruta no era una escena del crimen si el expediente decía accidente.

Pero también había cosas que la foto sí hacía, independientemente de lo que probara o no probara.

Hacía una pregunta.

Y la pregunta era suficiente para destruirlo, si llegaba a las personas correctas. O incorrectas.

Pensó en Clarita, la hermana de Rodrigo. Vivía en Mar del Plata con dos hijos y un trabajo en una farmacia. Él no la había visto desde el año del velorio. Ella tampoco lo había buscado. Había algo en eso que siempre le había parecido raro, aunque nunca lo había pensado del todo.

Pensó en Damián Voss, el socio de Rodrigo en el negocio que habían tenido juntos: una pequeña importadora de herramientas que nunca terminó de funcionar y que se disolvió seis meses antes de la muerte. Damián había estado en el velorio exactamente veinte minutos. Martín lo había visto irse y había pensado, en ese momento, que era la clase de persona que va a los velorios para asegurarse de que el muerto esté muerto.

Pensó, por último, en sí mismo. En lo que había hecho esa noche. En lo que no había hecho.

En la diferencia entre esas dos cosas, que a veces era más pequeña de lo que uno quería creer.

La llamada que no hizo

Tenía el teléfono en la mano. Tenía el número de la comisaría del barrio guardado desde hacía años, de cuando le habían roto el espejo del auto y había hecho la denuncia. Número 14 en la agenda, entre "Kiosco Caballito" y "Mamá".

No llamó.

No porque tuviera miedo de la policía, aunque eso también. Sino porque para llamar tenía que decidir qué decir. Y para decidir qué decir tenía que ordenar los hechos. Y ordenar los hechos significaba, tarde o temprano, llegar al filo de esa noche en la ruta 2 y pararse ahí y mirar hacia abajo.

Y eso todavía no estaba listo para hacerlo.

Guardó el teléfono. Puso la foto adentro del sobre. Puso el sobre debajo de la tabla de cortar, exactamente donde había puesto el primero. Sabía que era un gesto ridículo. Lo hizo igual.

El hombre de la silla

Esa tarde, cerca de las seis, cuando la luz de octubre entraba oblicua por la ventana del patio y ponía sombras largas en el piso del living, Martín escuchó la silla del piso de arriba.

Pero esta vez no era el arrastre de siempre. Era distinto. Era más lento. Como si alguien estuviera moviendo la silla de un punto fijo a otro, con cuidado, midiendo cada centímetro.

Después silencio.

Después pasos. Directos, decididos. Que cruzaban el techo de un lado al otro y se detenían justo encima de donde él estaba parado.

Martín no se movió.

Los pasos tampoco.

Treinta segundos así. Quizás cuarenta. El techo y el piso separados por veinte centímetros de material y por todo lo que cada uno sabía del otro.

Después los pasos volvieron. La silla se arrastró una vez más. Y el piso de arriba quedó en silencio.

Martín se dio cuenta de que había estado conteniendo la respiración.

El final de la tarde

Salió a las siete. Esta vez cerró la puerta con llave. Las dos vueltas. Probó la manija dos veces.

Caminó hasta la plaza Rivadavia sin ningún destino en particular. Se sentó en un banco cerca de la fuente que siempre tenía el agua turbia. Vio pasar perros, pibes en bici, una mujer empujando un cochecito con la concentración absoluta de alguien que no tiene tiempo para nada que no sea ese cochecito.

La vida normal era eso: personas yendo a lugares sin que nadie les hubiera puesto una foto en el buzón.

Él había sido esa clase de persona. O se había convencido de serlo.

Se preguntó, no por primera vez, si Rodrigo lo había perdonado. Después se preguntó si esa era siquiera la pregunta correcta.

Volvió al edificio cuando ya era de noche. En la entrada se cruzó con el hombre del piso de arriba por primera vez en los dos años que llevaba viviendo ahí.

Era un hombre de unos cincuenta años, pelo gris cortado corto, ropa de trabajo, una bolsa del supermercado en cada mano. Tenía los ojos del color del asfalto mojado y una cicatriz fina debajo de la mandíbula derecha.

Se miraron. El hombre asintió con la cabeza, apenas.

—Buenas noches —dijo.
—Buenas noches —dijo Martín.

El hombre subió las escaleras. Martín entró al ascensor.

En el cuarto piso, antes de abrir la puerta de su departamento, se quedó un momento escuchando. Arriba, el hombre dejaba las bolsas en alguna mesada. El ruido era completamente ordinario. El ruido de alguien que vuelve a casa y deja las cosas.

Pero mientras Martín metía la llave en la cerradura, pensó en algo que no había pensado antes.

En todo el tiempo que llevaba viviendo en ese edificio, nunca había visto al hombre del piso de arriba. Solo lo había escuchado. Solo la silla, siempre la silla.

Y sin embargo el hombre acababa de mirarlo como quien reconoce a alguien que ya conoce.

Como quien lleva tiempo estudiando a alguien desde cerca.

Martín abrió la puerta. Entró. Encendió la luz.

En la mesada de la cocina, donde la señora Etcheverry había dejado las facturas esa mañana, había un papel.

Doblado en cuatro. Sin sobre esta vez.

Y escrito con la misma letra apretada de siempre, una sola línea:

"Hoy fue la última advertencia amable."

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