5 Min Reads

La Argentina de Ayer · 5 min read

La Fiebre Amarilla de 1871: la epidemia que transformó Buenos Aires para siempre

La Fiebre Amarilla de 1871: la epidemia que transformó Buenos Aires para siempre

En el verano de 1871, Buenos Aires era una ciudad que crecía rápido y sin orden. Calles de tierra, zanjas llenas de basura, conventillos donde vivían hacinadas decenas de familias inmigrantes. El calor de enero aplastaba todo. Y en ese escenario, apareció un enemigo invisible que nadie esperaba: la fiebre amarilla. En pocos meses, esa epidemia mató a más de 13.000 personas en una ciudad que no llegaba a los 200.000 habitantes. Fue la mayor catástrofe sanitaria de la historia argentina y cambió el país para siempre.

¿De dónde vino el virus?

La fiebre amarilla es una enfermedad que transmite un mosquito, el Aedes aegypti. Pero en 1871 nadie sabía eso todavía. Los médicos de la época pensaban que la enfermedad viajaba en el "aire sucio" que salía de las cloacas y la basura acumulada. Le llamaban "miasmas". Por eso, muchas de las primeras medidas para combatirla fueron inútiles: quemar ropa, disparar cañonazos al aire para "limpiar" el ambiente, o tirar cal en las calles.

El virus llegó desde el Paraguay, arrastrado por los soldados que volvían de la Guerra de la Triple Alianza. Esa guerra había durado cinco años y había destrozado al Paraguay; ahora, al terminar, traía otro problema: soldados enfermos que desembarcaron en Buenos Aires y contagiaron a los vecinos del barrio del Riachuelo, donde vivían las familias más pobres. Desde ahí, la epidemia se extendió como fuego en un campo seco.

El barrio que desapareció

El epicentro de la tragedia fue San Telmo, uno de los barrios más antiguos y poblados de Buenos Aires. Ahí vivían muchos inmigrantes italianos y españoles, apretados en conventillos sin ventilación ni agua potable. Cuando el brote explotó, los síntomas eran aterradores: fiebre altísima, vómitos con sangre, piel amarillenta. La mayoría de los enfermos moría en menos de una semana.

La gente que podía escapar, escapó. Las familias ricas cargaron sus muebles en carruajes y se fueron al norte, lejos del río y del olor a muerte. Así nació la Buenos Aires que conocemos hoy: los barrios de Recoleta, Palermo y Belgrano se convirtieron en los nuevos barrios elegantes, porque ahí se mudaron los que huyeron de San Telmo. San Telmo, en cambio, quedó abandonado por décadas. Muchas de las mansiones que la gente rica dejó atrás se convirtieron en conventillos para los inmigrantes que seguían llegando.

Los que se quedaron a pelear

No todo fue huida y desesperación. Hubo personas que eligieron quedarse y ayudar, aunque eso significara arriesgar la vida. La Comisión Popular de Salubridad fue un grupo de vecinos que se organizó cuando el gobierno no daba abasto. Recolectaban enfermos, conseguían medicamentos, enterraban muertos. Muchos de ellos también murieron.

Entre los que se destacaron estuvo el doctor José Roque Pérez, presidente de la Cruz Roja argentina, que murió de fiebre amarilla mientras atendía enfermos. También Cosme Beccar, un médico joven que no abandonó su puesto en los momentos peores. Y el arzobispo Federico Aneiros, que recorrió los barrios más afectados llevando ayuda espiritual y material. Estas historias de valentía quedaron registradas y son parte importante de la memoria de la ciudad.

El propio gobierno nacional colapsó. El presidente Domingo Faustino Sarmiento estaba en Buenos Aires cuando empezó la epidemia, pero a medida que la situación se agravó, él y gran parte del gabinete se trasladaron a Belgrano, que en ese momento era un pueblo separado de la ciudad. Esto generó muchísima crítica. Sarmiento fue acusado de cobarde y de abandonar a la población. Él se defendió diciendo que era necesario preservar las instituciones del Estado, pero la imagen de un gobierno que huye de su propio pueblo quedó grabada en la memoria popular.

Lo que cambió para siempre

La fiebre amarilla de 1871 no fue solo una tragedia. Fue también un punto de quiebre. Cuando terminó, Buenos Aires ya no podía seguir siendo la misma ciudad improvisada y sucia. El golpe fue tan duro que la sociedad entera entendió que algo tenía que cambiar.

A partir de 1871 empezaron las grandes obras de infraestructura sanitaria de la ciudad. Se construyeron las primeras redes de agua potable y de cloacas. Se crearon hospitales y se organizó un sistema de salud pública. Se comenzó a pensar, por primera vez de forma seria, en el urbanismo: cómo planificar una ciudad para que la gente pueda vivir con dignidad.

También cambió la demografía. La muerte y la huida de tanta gente hacia el norte consolidaron una división social que todavía existe en Buenos Aires: el norte rico y el sur popular. Esa geografía tiene su origen directo en la epidemia de 1871. Cada vez que hoy alguien habla de "el norte" o "el sur" de Buenos Aires como mundos distintos, está hablando, sin saberlo, de una consecuencia directa de aquella catástrofe.

El dato que casi nadie sabe

Durante los meses más duros de la epidemia, los carros que recogían cadáveres de las calles no daban abasto. El Cementerio del Sur colapsó: había tantos muertos que se cavaron fosas comunes y se enterraron cuerpos sin identificar. Por eso ese cementerio fue cerrado poco después, y en su lugar se construyó lo que hoy es el Parque Ameghino, en el barrio de Parque Patricios. Es decir: debajo de ese parque donde hoy juegan los chicos y la gente pasea, descansan los restos de miles de víctimas de la fiebre amarilla de 1871.

Pregunta de repaso

¿Por qué la fiebre amarilla de 1871 cambió la distribución de los barrios de Buenos Aires? ¿Qué decisión tomaron las familias ricas y qué consecuencia tuvo eso en la ciudad que conocemos hoy?

Enjoyed this?

Subscribe to La Argentina de Ayer and never miss an issue.

Subscribe
← Back to La Argentina de AyerSent Wednesday, June 10, 2026