El Último Sobre · 5 min read
Capítulo 5 — El nombre que faltaba
Capítulo 5 — El nombre que faltaba
Caminaron tres cuadras sin hablar.
Clarita iba delante, con el bolso cruzado al pecho y los ojos bajos, esquivando a la gente como alguien que conoce bien la ciudad o que no está viendo nada de lo que tiene adelante. Martín la seguía a un paso de distancia, lo suficientemente cerca para no perderla y lo suficientemente lejos para darle el espacio que ella claramente necesitaba.
En la esquina de Rivadavia y Artigas entró a un locutorio. De esos que ya casi no quedan. Vidrio opaco, olor a papel viejo y desodorante barato, tres cabinas en fila con mamparas de fórmica. Una señora de edad hablaba en voz alta desde la primera cabina. Un chico joven miraba la pantalla de una computadora en el fondo.
Clarita se sentó en una silla plástica junto a la pared. Señaló la silla de al lado. Martín se sentó.
—Acá nadie nos conoce —dijo ella.
—Tampoco podemos susurrar toda la vida —respondió él.
—No hace falta susurrar. Solo hablar bajo.
Lo que Clarita cargó sola
Ella abrió el bolso otra vez. No sacó el sobre. Sacó un teléfono viejo, de esos con teclado físico, y lo puso sobre sus rodillas como si fuera un objeto con historia.
—El hombre de la cicatriz se llama Lucas Ferreyra —dijo—. O al menos ese era el nombre que usaba cuando lo conocí.
Martín esperó.
—Lo conocí hace tres años. Unos meses después de la muerte de Rodrigo. Me contactó por carta. Me dijo que había trabajado con Voss, que sabía lo que había pasado esa noche en la ruta, y que si yo quería saber la verdad tenía que escucharlo.
—¿Y lo escuchaste?
—Le contesté una vez. Nos vimos en Mar del Plata, en un bar cerca de la terminal. Me habló durante cuarenta minutos. Me dijo que Voss había manipulado el sistema de frenos del auto de Rodrigo. Que él lo sabía porque había estado presente cuando lo hicieron. Y que había decidido hablar porque Voss lo había estafado también a él.
El ruido de la señora en la cabina llenó el silencio que siguió.
—¿Le creíste? —preguntó Martín.
Clarita tardó en responder. —Parcialmente.
—¿Qué parte no te cerró?
—La parte en que me pidió plata para darme los nombres de los otros dos que estuvieron esa noche.
Martín se recostó en el respaldo de la silla de plástico. Sintió cómo crujía.
—¿Le diste?
—Sí. —Lo dijo sin bajar los ojos, sin buscar compasión—. Cinco mil pesos. Era todo lo que tenía en ese momento. Después no volvió a contestar. Desapareció tres semanas.
—¿Y los nombres?
—Nunca llegaron.
Ahí estaba. No miedo. Culpa de haber pagado. Culpa de haber creído. Culpa de la clase que no se va aunque uno entienda que lo engañaron, porque la pregunta que queda es por qué uno quiso tanto creer.
—¿Cuándo lo volviste a ver? —preguntó Martín.
—Nunca. Hasta que vos me describiste a ese hombre esta mañana.
Lo que Ferreyra quiere
Martín miró el teléfono viejo sobre las rodillas de Clarita. —¿Ese es el número que usó?
—Sí. Lo guardé. No sé por qué.
—¿Intentaste llamarlo?
—Tres veces. En tres años. Nunca contestó.
Martín pensó en voz alta, despacio: —Si Ferreyra está en mi edificio hace dos años, no llegó ahí por casualidad. Alguien lo puso ahí o él eligió estar ahí. En los dos casos, me estaba vigilando a mí.
—¿Por qué a vos?
—Porque yo estaba en esa ruta. —Hizo una pausa—. Y porque si Rodrigo le dijo a alguien lo que me dijo a mí esa noche, yo soy el único testigo vivo del estado en que estaba él antes de caer.
Clarita procesó eso. Lo miró de costado. —¿Qué te dijo exactamente esa noche? ¿Cuándo te llamó?
—Me dijo que el auto le estaba fallando. Que sentía algo raro en el freno. Que estaba en la curva del kilómetro setenta y dos y que no quería arriesgarse a seguir. Me pidió que fuera.
—¿Y tardaste en salir?
—Tardé. —Martín no elaboró. No era el momento y ambos lo sabían.
—¿Y cuando llegaste el auto ya había caído?
—Sí.
—¿Cuánto tardaste desde que saliste hasta llegar?
—Cuarenta minutos. La ruta estaba mojada.
Clarita asintió. Pero sus ojos hacían algo diferente a asentir. Estaban calculando. Martín lo vio y no se lo reprochó. Él mismo llevaba cuatro años haciendo el mismo cálculo.
—Si el freno fue manipulado —dijo ella—, cuarenta minutos alcanzaban para que fallara solo. No necesitaban a nadie más en la ruta.
—Lo sé.
—Entonces vos no podrías haber hecho nada aunque hubieras llegado a tiempo.
Era la primera vez que alguien se lo decía. No como consuelo sino como conclusión lógica. Martín sintió algo moverse en el pecho, algo que llevaba tanto tiempo quieto que casi había olvidado que estaba.
No dijo nada.
La tercera pieza
—Los sobres —dijo Clarita después de un momento—. Si no fui yo y no fuiste vos, quedan dos opciones.
—Ferreyra —dijo Martín.
—O Voss.
—Voss no me mandaría una foto de la curva donde murió su víctima. Eso lo acercaría al crimen.
—A menos que quiera que te acerques vos al crimen. —Clarita lo dijo despacio, como si la idea todavía estuviera tomando forma mientras la pronunciaba—. A menos que quiera que vos empieces a mover cosas y aparezcas como el que tiene razones para haber estado ahí esa noche.
El locutorio zumbaba. La señora de la cabina había colgado y ahora pagaba en el mostrador. El chico joven seguía mirando la pantalla.
—Si alguien mueve las piezas para que yo parezca culpable —dijo Martín—, necesita que yo me mueva primero.
—Y vos te moviste. Viniste al bar. Hablaste conmigo.
—Sí.
—Y alguien lo sabe.
No era una pregunta.
Martín miró hacia la vidriera opaca del locutorio. La calle afuera era un rectángulo borroso de movimiento. No se podía ver quién estaba parado y quién caminaba. No se podía saber si alguien miraba hacia adentro.
—Tengo que entrar al departamento de Ferreyra —dijo.
—Eso es una muy mala idea.
—Sí. —Hizo una pausa—. Por eso lo necesito hacer yo y no la policía.
Clarita lo miró. En sus ojos había algo que no era aprobación pero que tampoco era desacuerdo. Era el reconocimiento de alguien que también ha pensado en hacer cosas que no debería.
—¿Cuándo?
—Hoy a la noche. Los edificios viejos de Caballito tienen escaleras de servicio. El encargado pierde las llaves. —Lo dijo sin ironía—. Ya lo sé de primera mano.
Lo que dice el sobre
Clarita abrió el bolso. Esta vez sí sacó el sobre de papel madera. Lo sostuvo con las dos manos.
—Hay algo más en la carta —dijo—. Una parte que no te dije todavía.
—¿Qué dice?
—Dice que si yo alguna vez hablaba con vos, te preguntara una cosa. Una sola.
Martín esperó.
—Dice: preguntale a Martín si vio la luz.
El ruido del locutorio siguió igual. Todo siguió igual. Pero Martín sintió que algo se apagaba en algún lugar detrás de los ojos.
Porque sí había visto una luz.
Esa noche, en la ruta, antes de llegar a la curva del kilómetro setenta y dos, había visto las luces de un auto estacionado en la banquina. Sin balizas encendidas. Motor apagado. Quieto en la oscuridad como algo que espera.
Lo había visto. Y en cuatro años nunca se lo había dicho a nadie.
—¿Qué luz? —dijo, porque necesitó ganar un segundo.
Clarita lo miró de la misma manera en que lo había mirado en el bar.
—Rodrigo sabía que iba a haber alguien ahí —dijo—. Eso es lo que dice la carta. Sabía que si algo le pasaba, iba a haber un auto en la banquina. Y que esa persona sabría exactamente cuándo había fallado el freno.
Martín tuvo frío. No del aire acondicionado del locutorio. Del otro tipo de frío.
—¿Quién era? —preguntó, aunque ya empezaba a sospechar que la respuesta no era Voss.
Clarita abrió el sobre. Sacó dos hojas escritas a mano con la letra apretada de Rodrigo, esa letra que Martín conocía de veinte años de notas, mensajes, cuentas partidas en servilletas. Pasó a la segunda hoja. Buscó el párrafo con el dedo.
Leyó en voz baja, casi para sí misma:
"El nombre que siempre me dio miedo escribir es el mismo que Martín va a reconocer. Por eso no lo escribo. Por eso confío en que él, cuando lo vea, va a entender sin que yo necesite decírselo."
Dobló las hojas. Las volvió al sobre.
Martín tenía la boca seca.
—¿No hay más? —dijo.
—No hay más.
Salieron del locutorio en silencio. Afuera, Rivadavia seguía igual de ruidosa y luminosa y ajena. Un colectivo frenó con su ruido de siempre. Un vendedor ambulante gritaba algo que nadie escuchaba.
Clarita se paró en la vereda y lo miró. —¿El nombre que te dio miedo reconocer, Martín? ¿Ya lo tenés?
Él no respondió.
Pero mientras caminaba de vuelta hacia su edificio, con el sol de la tarde pegando de costado y la sombra de los edificios alargándose sobre el asfalto, se dio cuenta de que sí lo tenía. Lo había tenido desde siempre. Solo que nunca había querido mirarlo de frente.
Y esa noche, cuando subiera al cuarto piso, iba a tener que hacerlo.
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