La Argentina de Ayer · 5 min read
Manuel Belgrano y la Creación de la Bandera: Mucho Más que un Trapo de Tela
Manuel Belgrano y la Creación de la Bandera: Mucho Más que un Trapo de Tela
Manuel Belgrano es uno de esos nombres que todos los argentinos conocen desde chicos. Está en las monedas, en los nombres de las escuelas, en los feriados. Pero justamente por eso, a veces lo damos por conocido sin saber realmente quién fue ni lo que hizo. Y la historia de la bandera, ese símbolo que hoy izamos sin pensarlo dos veces, es mucho más rica y complicada de lo que nos contaron en el colegio.
Un abogado que no quería ser militar
Belgrano nació en Buenos Aires en 1770, en una familia de comerciantes italianos con dinero. Su padre era un comerciante genovés que hizo fortuna en el Río de la Plata. Manuel estudió derecho en España, se recibió con honores y volvió al Río de la Plata con la cabeza llena de ideas nuevas: la Ilustración, el libre comercio, la educación como motor del progreso. Era, básicamente, un intelectual. No un soldado.
Cuando llegó la Revolución de Mayo en 1810, Belgrano tenía 40 años y no sabía prácticamente nada de guerra. Aun así, el gobierno revolucionario lo mandó a comandar tropas al norte y al Paraguay. Le costó caro: perdió varias batallas importantes al principio. Pero Belgrano no era de los que se rinden. Aprendía rápido, escuchaba a sus hombres y tenía algo que muchos militares de carrera no tienen: convicción. Sabía para qué estaba peleando.
¿Por qué creó la bandera?
En febrero de 1812, Belgrano estaba en Rosario, a orillas del río Paraná, preparando la defensa del territorio. En ese momento, las tropas patriotas usaban los colores españoles mezclados con escarapelas celestes y blancas. Era un lío: nadie sabía muy bien bajo qué bandera estaban combatiendo. ¿Seguían siendo parte del Imperio Español? ¿Eran algo nuevo?
Belgrano tomó una decisión práctica y simbólica al mismo tiempo. El 27 de febrero de 1812 hizo flamear por primera vez una bandera con los colores celeste y blanco en las Baterías Libertad e Independencia, frente al río. Quería que sus soldados supieran que estaban peleando por algo propio, algo diferente a la Corona española. La bandera era una declaración: "somos otro pueblo".
El problema es que el gobierno de Buenos Aires, conocido como el Primer Triunvirato, no estaba contento. En ese momento todavía no se había declarado la independencia y los dirigentes porteños tenían miedo de provocar demasiado a España o a las potencias europeas. Le mandaron una carta a Belgrano ordenándole que guardara la bandera y no la mostrara más. Belgrano, que era un hombre disciplinado, obedeció. Pero no la destruyó.
La segunda oportunidad
La bandera tuvo que esperar. Belgrano la guardó y siguió peleando. Y fue precisamente en las batallas más duras donde demostró de qué estaba hecho. En 1812, en Tucumán, y en 1813, en Salta, ganó dos victorias cruciales que frenaron el avance realista desde el norte. Esas victorias le salvaron la vida a la Revolución, que en ese momento estaba en serio peligro de ser aplastada.
Fue en Jujuy, en 1813, cuando el gobierno por fin le dio el permiso oficial para usar la bandera. Y fue también en Jujuy donde ocurrió otro acto histórico que mucha gente olvida: el Éxodo Jujeño. Belgrano, sabiendo que no podía defender la ciudad frente al avance enemigo, le pidió a toda la población que abandonara sus casas y se retirara con el ejército. Y la gente lo hizo. Familias enteras dejaron todo atrás, quemaron sus cosechas y sus propiedades para que el enemigo no encontrara nada útil. Fue un acto de sacrificio colectivo impresionante, y Belgrano lo condujo con una mezcla de firmeza y respeto hacia su gente que lo distinguía de muchos otros líderes de la época.
Un hombre íntegro en un mundo corrupto
Acá viene una parte de la historia que casi nunca se cuenta en la escuela. Después de sus victorias en Tucumán y Salta, el gobierno le ofreció a Belgrano un premio enorme: diez mil pesos de oro, una fortuna para la época. Belgrano los rechazó. No quiso quedarse con ese dinero. En cambio, pidió que se usara para construir cuatro escuelas en las provincias del norte: Tarija, Jujuy, Tucumán y Santiago del Estero.
No solo eso: Belgrano puso de su propio bolsillo cuando hizo falta. Murió en 1820, en la más absoluta pobreza, con deudas, mientras en Buenos Aires la gente estaba enfrascada en peleas políticas y nadie le prestaba demasiada atención. El día que murió, el 20 de junio de 1820, los diarios de Buenos Aires ni siquiera lo mencionaron. Estaban ocupados cubriendo una crisis política local. Eso sí que duele.
El dato que casi nadie sabe
El color celeste de la bandera argentina fue motivo de debate durante décadas. Las primeras banderas no eran uniformes en su color: había variaciones según los tintes disponibles en cada región. Durante mucho tiempo, en el siglo XX, se usó un celeste muy claro. Pero en 1978, durante el Mundial de Fútbol, el gobierno militar cambió oficialmente el tono a un celeste más brillante, en parte para que se viera mejor en las transmisiones de televisión en color. O sea: el color exacto de nuestra bandera nacional fue modificado por razones televisivas durante una dictadura. La historia, a veces, es así de sorprendente.
Para pensar
Belgrano fue abogado, economista, periodista y militar. Rechazó fortunas, donó su propio dinero y murió sin un peso. En un país donde muchos dirigentes se enriquecieron con el poder, él hizo exactamente lo contrario.
La pregunta de hoy es esta: ¿Por qué el gobierno revolucionario le ordenó a Belgrano que guardara la bandera cuando la creó por primera vez, en 1812?
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