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La Argentina de Ayer · 5 min read

La Noche de los Bastones Largos: cuando la universidad dejó de ser libre

La Noche de los Bastones Largos: cuando la universidad dejó de ser libre

El 29 de julio de 1966 es una fecha que muchos argentinos no conocen, pero que cambió para siempre la relación entre el Estado y la educación en el país. Esa noche, la policía entró a golpes a cinco facultades de la Universidad de Buenos Aires. Los estudiantes y profesores que estaban adentro — muchos simplemente estudiando o enseñando — fueron arrastrados por los pasillos, golpeados con bastones y detenidos. Lo que pasó esa noche tiene un nombre que dice todo: la Noche de los Bastones Largos.

¿Qué pasaba en Argentina en ese momento?

Para entender lo que ocurrió, hay que retroceder un poco. En junio de 1966, el general Juan Carlos Onganía llegó al poder mediante un golpe de Estado. No era el primer golpe en la historia argentina — ni sería el último — pero este tenía algo particular: Onganía quería transformar el país de raíz. No le bastaba con gobernar la economía o la política. Quería controlar también la cultura, la moral y la educación.

Una de sus primeras medidas fue firmar el decreto-ley 16.912, que disolvía los gobiernos universitarios. Hasta ese momento, las universidades argentinas funcionaban con autonomía, gracias a la Reforma Universitaria de 1918. Eso significaba que los propios estudiantes, graduados y profesores decidían quién conducía cada facultad. Onganía anuló todo eso de un plumazo. Las universidades pasaron a estar bajo control directo del gobierno. Y cuando los estudiantes y docentes se negaron a aceptarlo y se encerraron en las facultades para resistir, el régimen respondió con la policía y los bastones.

La noche en que la policía entró a las aulas

La represión ocurrió en cinco facultades de la UBA: Ciencias Exactas, Arquitectura, Filosofía y Letras, Medicina e Ingeniería. Los que estaban adentro no eran manifestantes violentos. Eran personas que habían decidido quedarse en señal de protesta pacífica. Cuando la policía ingresó, no hubo diálogo: hubo golpes, patadas y detenciones masivas. Cientos de personas fueron arrestadas. Muchas terminaron en hospitales.

Las imágenes que circularon después — estudiantes con la cabeza ensangrentada, profesores tirados en el piso, mujeres siendo arrastradas — dieron la vuelta al mundo. La prensa internacional cubrió el episodio con horror. Argentina quedó expuesta ante el mundo como un país donde el saber era visto como una amenaza. Y en cierta forma, así lo veía Onganía: la universidad autónoma era, para él, un foco de ideas peligrosas que había que apagar.

Las consecuencias que duran hasta hoy

Lo que siguió a esa noche fue una tragedia silenciosa pero profunda. Cientos de científicos, investigadores y profesores renunciaron a sus cargos. Muchos se fueron del país. Algunos de los mejores cerebros de Argentina emigraron a México, Venezuela, Estados Unidos y Europa. Entre ellos había físicos, matemáticos, biólogos y sociólogos que habían construido, con mucho esfuerzo, una comunidad científica de primer nivel.

La fuga de cerebros que provocó la Noche de los Bastones Largos golpeó al país durante décadas. Muchos de esos investigadores nunca volvieron, o volvieron cuando ya era tarde para reconstruir lo que se había destruido. El Conicet, que era un organismo joven y prometedor, quedó diezmado. Algunos proyectos científicos que estaban en marcha simplemente se interrumpieron y no se retomaron por años.

Y no fue solo una pérdida de personas. Fue una pérdida de ambiente: la universidad dejó de ser ese espacio donde se podía pensar libremente, debatir y crear. Pasó a ser un lugar vigilado, donde el pensamiento crítico era sospechoso. Eso dejó una marca que tardó mucho en borrarse — y que, según muchos historiadores, en parte nunca se borró del todo.

Lo que casi nadie sabe

En la Facultad de Ciencias Exactas de la UBA, el equipo de física que funcionaba en esa época estaba considerado uno de los mejores de América Latina. Varios de sus integrantes habían trabajado con premios Nobel en el exterior y habían vuelto al país justamente porque creían que podían construir algo importante acá. Después de la Noche de los Bastones Largos, ese equipo se desintegró casi por completo.

Sus miembros se dispersaron por el mundo. Argentina perdió en una sola noche lo que había tardado años en construir. Ese grupo era tan reconocido que cuando se fueron, universidades de Estados Unidos y Europa los recibieron con los brazos abiertos. Algunos llegaron a ocupar posiciones de liderazgo en centros de investigación de primer nivel mundial. El talento no desapareció: simplemente se fue a beneficiar a otros países.

¿Por qué recordar esto hoy?

La Noche de los Bastones Largos no fue solo un episodio de violencia policial. Fue el momento en que un gobierno decidió que el pensamiento libre era un enemigo. Que la autonomía universitaria — ese derecho que los estudiantes de 1918 habían ganado con lucha — era un lujo que no se podía tolerar.

Recordar lo que pasó esa noche del 29 de julio de 1966 sirve para entender algo que sigue siendo válido hoy: cuando se ataca a la educación y a la libertad de pensar, las consecuencias no se sienten solo en ese momento. Se sienten durante generaciones. Un país que expulsa a sus científicos, que cierra sus universidades al debate, que mete miedo en las aulas, está hipotecando su propio futuro.

Y también sirve para valorar lo que existe: una universidad pública, gratuita y autónoma no es algo que cayó del cielo. Es algo que se conquistó, que se perdió, que se volvió a conquistar. Y que siempre vale la pena defender.

Pregunta de repaso

¿Por qué la Noche de los Bastones Largos fue especialmente dañina para el desarrollo científico argentino, más allá de la violencia policial en sí misma?

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← Back to La Argentina de AyerSent Tuesday, October 6, 2026